Venía de una fiesta y tomé el camión de las diez quince de
la noche con dirección a Lomas de Zapopan. Me senté en los asientos del fondo para
dormir un rato, y confié (como otras veces) que me despertaría poco antes de
llegar al punto en el que me tenía que bajar. Sin embargo, esta vez no sucedió
así; y ni la velocidad extrema que llega a tomar un camión de la ruta 633, ni
el ruido de la gente que venía a bordo me hizo despertar.
Sin darme cuenta, ni tampoco el chofer, el camión terminó su
recorrido, y el operador continúo manejando hasta su casa en Lomas de Tesistan.
Cuando me desperté no tenía ni idea de que hora era, el camión se encontraba vacío, estacionado en quién sabe
dónde, hacía frio, y solo tenía la certeza de que estaba muy muy lejos de mi casa.
Sentí algo de alivió al ver que las luces estaban encendidas
y el chofer continuaba sentado sobre su asiento. Me acerque a preguntarle donde
estábamos, y por el inesperado grito que dio, pude observar que se había
llevado el susto de su vida al enterarse de que quedaba alguien más a bordo.
Después de calmarnos y explicarle la situación, me dijo: “¡Hijoles carnal!
Hasta eso creo que tienes suerte. Solo vine hasta acá a dejarle varo a la mamá
de mis hijos, pero después iré a ver a mi amorcito, y ella también vive en
Lomas de Zapopan”
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