No
me siento bien, he comenzado a ver todo borroso, aunque no recuerdo si antes de
todo esto realmente veía bien. Ha pasado tanto tiempo desde que surgió eso de
la pandemia de la gripe, que no sé si es real, o todo es una historia que mi
dañada mente se inventó para mantenerme aislado de los demás.
Los
espejos, junto con mi reflejo, fueron lo primero en desaparecer, los
chatarreros comenzaron a pasar todo lo días, y la famosa frase de “Se compran
colchones viejos, botellas vacías y baterías de carro” Lo cambiaron
repentinamente por “Se compran espejos, vasos de vidrio, pedazos de cristal
viejos que tenga arrumbados” Ya que por el momento no había ninguna otra forma
de conseguir ingresos, me pareció razonable que los colchones ya no tuvieran
mercado, así que poco a poco, me desprendí de todo eso, un vaso a la vez, o un
pedazo de ventana por día, y continuo de esa manera hasta finalmente, todos los
cubiertos cromados, y cualquier cosa que tuviera la capacidad de producir un
reflejo, se fue con los entes extraños que manipulaban la camioneta de la
chatarra. Estuvo bien creo, me dieron suficiente dinero para comprar un kilo de
manzanas y un costal de habas. Por comida no iba a sufrir por un buen rato.
Pasaron
unos días, tal vez un poco más de solo unos días, y una mañana me levante por
la potencia de los rayos del sol sobre mis parpados. A lo lejos se escuchaba la
camioneta chatarrera, era justo lo que necesitaba, porque el dinero y las
provisiones se me habían terminado, habían prolongado la frecuencia con la que
pasaban por mi calle, al principio pasaban cada tres días, luego cinco, después
siete, diez, y con ese ritmo llegaron a pasar cada veinte días. No sé si fue
estrategia de marketing, pero los vecinos se amontonaban para vender sus cosas.
Después de todo era la única forma de ingreso para todos. Cerré los ojos para
escuchar con atención la grabación con voz aguardentosa que siempre utilizaban.
“Se
compran calculadoras con y sin pila, se compran diccionarios, se compran plumas
azules, se compran calendarios que no sean bisiestos. Mande a la niña, mande al
niño, háganos una seña seño, y nosotros nos acercamos a su casa. Se compran
calculadoras…”
Tenía
algunas calculadoras algo viejas de mis tiempos de oficina, por fin había
llegado su momento de brillar. Las busque con prisa porque la camioneta solía
avanzar muy rápido, y cuando finalmente las encontré, salí corriendo a la
calle.
-¡Hey la camioneta de la chatarra! –Les
grité con fuerza, apenas unos segundos atrás había escuchado que pasaron por mi
casa y ya tenían dos cuadras de ventaja- ¡Tengo dos calculadoras!
Se
detuvieron y se quedaron esperándome en su lugar. Cuando llegué, bajó un señor
con sombrero de paja, pero el sol era tan intenso que no logré verla la cara.
-Tiene suerte –me dijo-. Ya casi nos
íbamos. Ya no frecuentamos mucho esta colonia porque ya no hay mucho que
comprar aquí. ¿Qué es lo que dice que trae?
-Son dos calculadoras –le dije y se
las mostré- una de oficina sin pila, y una científica con pila.
El
hombre las analizo por un rato.
-Le puedo dar cuarenta por las dos.
¿Le interesa?
-Sí sí, claro –repliqué- Lo que me
pueda dar. Sé que son viejas.
Me
dio el dinero, y sin decir más continúo avanzando por la avenida. Al regresar a
mi casa me percate de que una de mis vecinas, una señora de edad entrada,
lloraba desconsolada a la altura del machuelo amarillo de la banqueta.
-¿Qué le ha pasado?- Pregunté con
reserva.
-¡Estoy desesperada! No me queda
dinero, y los de la camioneta no me quisieron comprar mi vajilla de porcelana
que disque porque no tiene ningún valor en este momento.
Yo
tampoco tenía dinero, salvo los cuarenta que me dieron por mis calculadoras.
Dude un rato, después de pensar un poco le dije:
-Yo he vendido dos calculadoras, le
puedo dar diez de lo que me dieron.
-¡No joven! Pero diez de que me
sirven. ¿No tendrá mínimo unos treinta?
-No –le di los diez-. Esto le puede
servir para lo mismo que a mí me serviría. Es todo lo que le puedo dar.
-¡Desgraciado! ¡Desalmado! ¡Sin
corazón! Como tiene el valor para burlarse de una pobre vieja como yo.
Me
agache y recogí el billete que le había dejado.
-Me retracto, no tengo nada para
darle.
-Maldito, diablo, abusador, hombre
horrendo, desgraciado sin alma.
Me
fui, y la deje hablando sola, no sé qué pasó con ella, no volví a escuchar sus
quejidos.
Con
lo que me dieron los de la chatarra pude comprar bastante alfalfa, que de todos
modos era para lo único que me alcanzaba, las manzanas costaban sesenta, y el
costal de arroz doscientos. Ya con comida suficiente, me quedé tranquilo por
unos días, tenía algo para quitarme el hambre, y el filtro de mi llave de paso
funcionaba bastante bien.
Dormí,
y desperté, y volví a dormir, los días pasaban y a veces comía, pero no siempre
dormía. Deje de hacer cosas por tanto tiempo, que olvidé como se hacían, hasta
que llegó el punto en el que no estaba seguro si fui un oficinista, o en sueños
alguna vez imagine que era un oficinista.
Pasaron
más de veinte días, y la camioneta chatarrera no pasaba por la calle, tenía suficiente alfalfa pero lo mejor era
empezar a racionar las porciones por si tardaban tiempo en pasar. Continuo
pasando el tiempo, olvidé como era mi voz, y el aspecto que alguna vez tuve. Me
quedaba solo una ración de comida, y pensaba comerla después de dos días de
ayuno, cuando a lo lejos, escuché el sonido de la camioneta y me puse eufórico
porque tendría algo más que vender, y eso simbolizaba tener más comida. Cerré
los ojos, y traté de agudizar mí oído lo más que pude.
“Se
compran calendarios de mil novecientos setenta, se compran motores diesel, se
compran arboles de duraznos, se compra el sentido del gusto, se compra el
sentido de la vista, se compran corcho latas rojas. Seño la camioneta llegó,
mande al niño, mande a la niña, aquí le compramos de todo. Se compran
calendarios…”
Si,
aun tenía mis cinco sentidos, tal vez no intactos, pero aun funcionaban bien,
algo me podrían dar si vendía todos ellos. Salí corriendo para evitar que la
camioneta desapareciera por la avenida.
-¡Hey! –les grité- ¡La camioneta de
la chatarra!
Vi
con alegría que la camioneta se detuvo y me esperó. Bajó el mismo señor de las
veces anteriores. Esta vez no había sol intenso, pero tampoco pude verle la
cara.
-¡Ah es usted! –Me dijo él señor con
palabras un poco amigables- Me cae bien, es nuestro mejor cliente de esta zona,
siempre tiene algo que vender. Y dígame, ¿Qué nos venderá el día de hoy?
-A mí –el chatarrero se sorprendió-.
He escuchado que compran el sentido del gusto, y el sentido de la vista. Y pensé
que probablemente también comprarían los otros tres.
El
hombre lo dudo un poco.
-¿Y todos están en buenas
condiciones?
-Veo borroso, pero eso es porque
antes usaba lentes, los otros cuatro están intactos.
-Muy bien, en ese caso le puedo dar
trescientas monedas por todos. ¿Le parece bien?- Asentí con un movimiento
ascendente de cabeza. El hombre me dio las monedas y se volvió a subir a su
camioneta
-Pero… -dude- ¿Ya se va? ¿Cómo se
los va a llevar?
-No te preocupes –me dijo- esos se
recogen de una forma diferente.
Encendió
la marcha de su camioneta, y se perdió en la avenida.
Esa
fue la última vez que lo vi.
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