Friday, May 15, 2020

La ruina (Cuento)

No me siento bien, he comenzado a ver todo borroso, aunque no recuerdo si antes de todo esto realmente veía bien. Ha pasado tanto tiempo desde que surgió eso de la pandemia de la gripe, que no sé si es real, o todo es una historia que mi dañada mente se inventó para mantenerme aislado de los demás.

Los espejos, junto con mi reflejo, fueron lo primero en desaparecer, los chatarreros comenzaron a pasar todo lo días, y la famosa frase de “Se compran colchones viejos, botellas vacías y baterías de carro” Lo cambiaron repentinamente por “Se compran espejos, vasos de vidrio, pedazos de cristal viejos que tenga arrumbados” Ya que por el momento no había ninguna otra forma de conseguir ingresos, me pareció razonable que los colchones ya no tuvieran mercado, así que poco a poco, me desprendí de todo eso, un vaso a la vez, o un pedazo de ventana por día, y continuo de esa manera hasta finalmente, todos los cubiertos cromados, y cualquier cosa que tuviera la capacidad de producir un reflejo, se fue con los entes extraños que manipulaban la camioneta de la chatarra. Estuvo bien creo, me dieron suficiente dinero para comprar un kilo de manzanas y un costal de habas. Por comida no iba a sufrir por un buen rato.

Pasaron unos días, tal vez un poco más de solo unos días, y una mañana me levante por la potencia de los rayos del sol sobre mis parpados. A lo lejos se escuchaba la camioneta chatarrera, era justo lo que necesitaba, porque el dinero y las provisiones se me habían terminado, habían prolongado la frecuencia con la que pasaban por mi calle, al principio pasaban cada tres días, luego cinco, después siete, diez, y con ese ritmo llegaron a pasar cada veinte días. No sé si fue estrategia de marketing, pero los vecinos se amontonaban para vender sus cosas. Después de todo era la única forma de ingreso para todos. Cerré los ojos para escuchar con atención la grabación con voz aguardentosa que siempre utilizaban.

“Se compran calculadoras con y sin pila, se compran diccionarios, se compran plumas azules, se compran calendarios que no sean bisiestos. Mande a la niña, mande al niño, háganos una seña seño, y nosotros nos acercamos a su casa. Se compran calculadoras…”

Tenía algunas calculadoras algo viejas de mis tiempos de oficina, por fin había llegado su momento de brillar. Las busque con prisa porque la camioneta solía avanzar muy rápido, y cuando finalmente las encontré, salí corriendo a la calle.

            -¡Hey la camioneta de la chatarra! –Les grité con fuerza, apenas unos segundos atrás había escuchado que pasaron por mi casa y ya tenían dos cuadras de ventaja- ¡Tengo dos calculadoras!

Se detuvieron y se quedaron esperándome en su lugar. Cuando llegué, bajó un señor con sombrero de paja, pero el sol era tan intenso que no logré verla la cara.

            -Tiene suerte –me dijo-. Ya casi nos íbamos. Ya no frecuentamos mucho esta colonia porque ya no hay mucho que comprar aquí. ¿Qué es lo que dice que trae?

            -Son dos calculadoras –le dije y se las mostré- una de oficina sin pila, y una científica con pila.

El hombre las analizo por un rato.

            -Le puedo dar cuarenta por las dos. ¿Le interesa?

            -Sí sí, claro –repliqué- Lo que me pueda dar. Sé que son viejas.

Me dio el dinero, y sin decir más continúo avanzando por la avenida. Al regresar a mi casa me percate de que una de mis vecinas, una señora de edad entrada, lloraba desconsolada a la altura del machuelo amarillo de la banqueta.

            -¿Qué le ha pasado?- Pregunté con reserva.

            -¡Estoy desesperada! No me queda dinero, y los de la camioneta no me quisieron comprar mi vajilla de porcelana que disque porque no tiene ningún valor en este momento.

Yo tampoco tenía dinero, salvo los cuarenta que me dieron por mis calculadoras. Dude un rato, después de pensar un poco le dije:

            -Yo he vendido dos calculadoras, le puedo dar diez de lo que me dieron.

            -¡No joven! Pero diez de que me sirven. ¿No tendrá mínimo unos treinta?

            -No –le di los diez-. Esto le puede servir para lo mismo que a mí me serviría. Es todo lo que le puedo dar.

            -¡Desgraciado! ¡Desalmado! ¡Sin corazón! Como tiene el valor para burlarse de una pobre vieja como yo.

Me agache y recogí el billete que le había dejado.

            -Me retracto, no tengo nada para darle.

            -Maldito, diablo, abusador, hombre horrendo, desgraciado sin alma.

Me fui, y la deje hablando sola, no sé qué pasó con ella, no volví a escuchar sus quejidos.

Con lo que me dieron los de la chatarra pude comprar bastante alfalfa, que de todos modos era para lo único que me alcanzaba, las manzanas costaban sesenta, y el costal de arroz doscientos. Ya con comida suficiente, me quedé tranquilo por unos días, tenía algo para quitarme el hambre, y el filtro de mi llave de paso funcionaba bastante bien.

Dormí, y desperté, y volví a dormir, los días pasaban y a veces comía, pero no siempre dormía. Deje de hacer cosas por tanto tiempo, que olvidé como se hacían, hasta que llegó el punto en el que no estaba seguro si fui un oficinista, o en sueños alguna vez imagine que era un oficinista.

Pasaron más de veinte días, y la camioneta chatarrera no pasaba por la calle,  tenía suficiente alfalfa pero lo mejor era empezar a racionar las porciones por si tardaban tiempo en pasar. Continuo pasando el tiempo, olvidé como era mi voz, y el aspecto que alguna vez tuve. Me quedaba solo una ración de comida, y pensaba comerla después de dos días de ayuno, cuando a lo lejos, escuché el sonido de la camioneta y me puse eufórico porque tendría algo más que vender, y eso simbolizaba tener más comida. Cerré los ojos, y traté de agudizar mí oído lo más que pude.

“Se compran calendarios de mil novecientos setenta, se compran motores diesel, se compran arboles de duraznos, se compra el sentido del gusto, se compra el sentido de la vista, se compran corcho latas rojas. Seño la camioneta llegó, mande al niño, mande a la niña, aquí le compramos de todo. Se compran calendarios…”

Si, aun tenía mis cinco sentidos, tal vez no intactos, pero aun funcionaban bien, algo me podrían dar si vendía todos ellos. Salí corriendo para evitar que la camioneta desapareciera por la avenida.

            -¡Hey! –les grité- ¡La camioneta de la chatarra!

Vi con alegría que la camioneta se detuvo y me esperó. Bajó el mismo señor de las veces anteriores. Esta vez no había sol intenso, pero tampoco pude verle la cara.

            -¡Ah es usted! –Me dijo él señor con palabras un poco amigables- Me cae bien, es nuestro mejor cliente de esta zona, siempre tiene algo que vender. Y dígame, ¿Qué nos venderá el día de hoy?

            -A mí –el chatarrero se sorprendió-. He escuchado que compran el sentido del gusto, y el sentido de la vista. Y pensé que probablemente también comprarían los otros tres.

El hombre lo dudo un poco.

            -¿Y todos están en buenas condiciones?

            -Veo borroso, pero eso es porque antes usaba lentes, los otros cuatro están intactos.

            -Muy bien, en ese caso le puedo dar trescientas monedas por todos. ¿Le parece bien?- Asentí con un movimiento ascendente de cabeza. El hombre me dio las monedas y se volvió a subir a su camioneta

            -Pero… -dude- ¿Ya se va? ¿Cómo se los va a llevar?

            -No te preocupes –me dijo- esos se recogen de una forma diferente.

Encendió la marcha de su camioneta, y se perdió en la avenida.

Esa fue la última vez que lo vi.


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